jueves, 6 de mayo de 2010

El Capitán en su laberinto


Orillas del Missisipi (EE.UU), abril de 2010.


Querido Superintendente:

La gira con Mocedades sigue su camino. Ahora mismo estamos surcando el río Missisipi a bordo de un barco de vapor mientras ahí abajo los caimanes intentan limpiarse los restos de petróleo para no perjudicar más a los fabricantes de bolsos y zapatos, que ya bastante daño les hacen los chinos.

Te escribo para contarte algo que me ha sucedido y que me tiene en ascuas, o como me gusta llamar a mí, en emana anta. Todo sucedió hace unos días. Habíamos dejado Nueva York y nos adentrábamos en la América profunda, aunque hacíamos pie. Tras un bolo en un bar de mala muerte en el que fuimos recibidos con salivazos y botellas que se estrellaban contra los hierros de la jaula en la que tocábamos, nos metimos en un motel de carretera a descansar.

Sin embargo, algo me rondaba por la cabeza. Era un murciélago, cegado sin duda por la luz de los reflejos que me hizo Llongueras antes de salir de España. Desvelado y meditabundo decidí salir a dar una vuelta acompañado por mi armónica. La intención era perfeccionar los acordes de un pupurri de canciones que tocábamos en el segundo bis. Mas la magia de la noche y sus centelleantes estrellas me cautivó y cuando me quise dar cuenta, avanzaba sin rumbo por una senda que se abría paso entre maizales.

Cuando llegué a un cruce de caminos me senté en una piedra y al compás del croar de algunas lejanas ranas comencé a soplar las notas de "Amor de hombre". Fue extraño. Notaba cómo las notas fluían y se entrelazaban de una forma diferente. El aire que expelía de mis pulmones parecía tocado por un hechizo que lo convertía en arte puro. Y "Amor de hombre"sonó como nunca antes había sonado. Sorprendido, detuve mi actuación. Y unas palmas sonaron a mi espalda.

Plas, plas, plas.

Sobresaltado me levanté de un respingo y encendí un fósforo. En la penumbra pude ver a un tipo alto, ataviado con un impecable traje blanco, tocado con un sombrero también blanco y zapatos blancos, imagino que de piel de caimán albino.

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

- Déjame a mí hacer las preguntas. ¿No has notado nada extraño en tu canción?

- Sí. Ha sonado como si mil malditos ángeles hubieses vertido en mi armónica toda su rabia por no tener sexo. Nunca había oído nada similar.

- ¿Te gustaría tocar siempre así?

- ¿Siempre así o en Siempre así? Que no es lo mismo, ni parecido.

- He dicho que yo hago las preguntas. Si quiero, puedo convertirte en el mejor armonicista de canción ligera del mundo, suponiendo que el que toca la armónica se llame así y que la cantante de tu grupo quepa en la acepción "ligera" de la música.

- Te haría una pregunta, pero como te pones tan farruco...

- No hables. Si quieres la gloria, sólo necesito una cosa de ti. ¡¡Chico, sal de ahí!!

Al oírlo, de entre el maizal salió un jovenzuelo enjuto de mirada triste, barba de días y boca de salmón. Callado y con la cabeza gacha, se ubicó junto al desconocido.

- Éste es mi protegido. Se llama Álex. Álex Ubago. Quiero que lo llevéis con vosotros, diles a los Mocedades que es un amigo, nadie dirá nada porque seáis uno más. Quiero haga la gira con vosotros. Y cuando volváis a España, quiero que dejes el grupo y te vayas con él, que tu armónica suene tan bien que la gente no tenga tiempo para escuchar y analizar sus letras. Tendréis éxito, venderéis muchos discos y tu nombre pasará a la historia de la música con armónica.

- ¿Dejar a los míos a cambio de gloria? Pero, eso sería como vender mi alma al diablo.

- Tú decides. O aceptas o de tus pulmones nunca volverá a salir un do sostenido y acabarás tus días moviendo las maracas para Pau Donés.

- Carambolines, sí que me lo pones difícil. Acepto.

Y desapareció.

Y me quedé en medio de un campo de los Estados Unidos con Álex Ubago, junto al que iba a comenzar una trayectoria musical y al que el grupo acogió sin problemas.

Y durante el concierto del día siguiente, mi armónica sonó tan bien que varios leñadores con camisa de cuadros lloraron de emoción, se tragaron sus gargajos y se rompieron las botellas contra sus cabezas.

Y desde entonces, allá donde hemos ido, hemos arrasado y los medios de comunicación sólo tienen palabras de admiración para el armonicista, que al parecer, sí que se llama así, porque armonicoide o armonizador o armonio suena peor.

Y todo era como yo siempre había soñado.

Sin embargo, por las noches, algo me atormentaba. Y no era el murciélago. Ni las historias que cuentan en la radio en "Hablar por hablar". Ni siquiera la perspectiva de vagar sin alma por el mundo durante el resto de mi vida. Busqué en mi interior qué podía ser y no lo hallé.

Hoy por fin, lo he descubierto.

Bueno, a decir verdad he descubierto dos cosas. Qué es lo que no me dejaba dormir y que Álex Ubago da tanto asco cuando canta que cuando grita mientras lo devoran los caimanes.

Qué tipo más triste.

Por lo demás, todo bien.

Siempre tuyo,

El Capitán Rumikel



P.D. Adjunto te remito una armónica. Véndela en e-bay y con lo que saques, mira a ver si me consigues unas buenas maracas. 

4 comentarios:

A7 dijo...

Huele a azufre y suena a blues en un local con señores guitarristas bucales! mucho trabajo tiene este tipo. Bonics records amic!

mewèll dijo...

siguiendo su ejemplo me he ido a un cruce de caminos. En mi caso el cruce de Sant Ramon/Hospital y había tantas señoras esperando que he abandonado la misión. ¿Alguien me recomienda otro cruce donde encontrar al diablo sin tener que esperar tanto?

El superintendente Vicente y el Capitán RMK dijo...

Señoras que esperan al diablo en Sant Ramón con Hospital. Monte, amigo mewell, un grupo en facebook con ese nombre y en breve el mismísimo diablo (con el pseudónimos de Luci Sfer) se dará de alta.

Pero que conste que nosotros no le hemos dicho nada.

A7, hay que volver ya!

mewèll dijo...

Oh qué buena idea! voy a ser más popular que esas señoras.